domingo, 26 de agosto de 2007

MATRIUSKAS

Como muñecas rusas. Todos contenidos unos en otros. Todos iguales en sus atavíos y en sus sibilinas maneras. Todos convenientemente ubicados en un espacio donde la bondad y la comprensión se parecen demasiado a la cobardía. Huecos como matriuskas extraídas de la vidriera de algún bazar moscovita, los referentes del alto clero paraguayo hoy son un trofeo más en la galería de caza del gran predador empotrado en el sillón presidencial.

Habitantes de un imperturbable mundo paralelo en el que las agujas del reloj transitan los días sin prisa alguna, los obispos se tomaron su tiempo para que al fin vea la luz un documento que resulta ser digno hijo de sus padres. La carta de la CEP está llena de vacío.

Redundante en versículos y citas a encíclicas, el pálido pronunciamiento revela una peligrosa ausencia de ideas propias. Es como si el sacro temor a la rígida verticalidad de la Iglesia en los tiempos del Papa alemán les hubiese arrancado la más universal de las banderas del Jesús histórico y del Cristo bíblico: la libertad.

Esta cúpula eclesial anestesiada, sin reflejos, no consigue formular mejor respuesta que -precisamente- no responder a los ataques de otro gobierno colorado que en tiempos de democracia replica y amplía con perversa eficacia la misma inequidad, intolerancia y rapacidad que la Iglesia Católica Paraguaya denunció y combatió durante los años de plomo de la dictadura stronista.

Si bien es cierto que los dogmas de la fe vaticana y la naturaleza transgresora de la ciencia nunca se han llevado de la mano, permítanme la humana contradicción de pedir a Dios que los científicos concluyan cuanto antes la investigación del genoma humano, para que así podamos clonar el coraje de obispos como Ismael Rolón y Aníbal Maricevich, sacerdotes paraguayos que entendieron que Jesucristo no fue neutral. Optó por los pobres. Que no fue tibio ni contemplativo. Sacó a los mercaderes del templo a latigazos. Que, cuando creyó oportuno, no fue diplomático ni elíptico. Dijo sus verdades -irritantes para el poder político de su tiempo- y pagó un precio de sangre y martirio por sostenerlas hasta el final.

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