Cerré los ojos y me fui. Saqué a volar mi melancolía mecido en el vaivén de un sueño blando.
Al pasar cielo arriba, sentí la brisa que habita en la copa de los árboles que guardan la memoria de cuando mi ciudad era un bosque. Un eucaliptus decidido a morir de pie miraba al sur susurrando su nostalgia. Acaso otra vez el invierno no venga, y sus semillas mueran a sus pies sin que ningún viento viajero o ningún pájaro de urgente aleteo migratorio cumpla la ultima voluntad escrita en su descascarada piel, aterida de olvidos.
Tiempo sin relojes, lejana indiferencia sideral, omisión estacional, lamento vegetal. A pesar de todo, resignación y ausencia de malicia.
Vi los rectángulos perfectos de las manzanas urbanas. Lejanas, cada vez más. Y los techos me gritaban en la voz del viento -hey!! tambien estamos hechos de la materia de la que están hechos los sueños!- ...y adiviné sueños de ternura. Voluntades de piedra y madera. Mármoles de eternidad. Sueños simples y rústicos como un ladrillo. Y ampulosidades de nouveaux riches que golpean la vista, aún desde allá arriba.
Los autos.. ah! los autos. Todo es más deliciosamente lento acá arriba. La velocidad no cuenta cuando tu cuerpo habita el territorio de la contemplación. Insectos nerviosos y torpes, los autos sólo saben avanzar, como si no existieran otras direcciones hacia las cuales moverse. Con la confianza de un niño en brazos de su madre, giro caprichosamente en otra dirección y quedo cara arriba. Arriba sólo el cielo. El cielo y yo. Extiendo los brazos y me entrego al deleite azul de la eternidad que me contempla, tan suelto, tan loco.
En los relojes del sueño, la vida pasa en un segundo. Dormir, soñar, viajar, morir y renacer... en un segundo! ("sumido en la pequeña muerte del que sueña.." escribió Herib, alguna vez).
Ritual de sueño. Escapar de puntillas de los anclajes de mi cuerpo y mi memoria. Congelar por un segundo los relojes de mi historia. Mirar el mundo con ojos de ave, con emoción de niño.
Arriba y a lo lejos, no hay zapping. No hay dolor. No hay mal de amores. No hay mal. Sólo el viento y su voz sibilina, modulando el mismo compás al que late mi corazón redimido, sereno y en paz. En la imprecisa eternidad de un sueño... al fin en paz.
Al pasar cielo arriba, sentí la brisa que habita en la copa de los árboles que guardan la memoria de cuando mi ciudad era un bosque. Un eucaliptus decidido a morir de pie miraba al sur susurrando su nostalgia. Acaso otra vez el invierno no venga, y sus semillas mueran a sus pies sin que ningún viento viajero o ningún pájaro de urgente aleteo migratorio cumpla la ultima voluntad escrita en su descascarada piel, aterida de olvidos.
Tiempo sin relojes, lejana indiferencia sideral, omisión estacional, lamento vegetal. A pesar de todo, resignación y ausencia de malicia.
Vi los rectángulos perfectos de las manzanas urbanas. Lejanas, cada vez más. Y los techos me gritaban en la voz del viento -hey!! tambien estamos hechos de la materia de la que están hechos los sueños!- ...y adiviné sueños de ternura. Voluntades de piedra y madera. Mármoles de eternidad. Sueños simples y rústicos como un ladrillo. Y ampulosidades de nouveaux riches que golpean la vista, aún desde allá arriba.
Los autos.. ah! los autos. Todo es más deliciosamente lento acá arriba. La velocidad no cuenta cuando tu cuerpo habita el territorio de la contemplación. Insectos nerviosos y torpes, los autos sólo saben avanzar, como si no existieran otras direcciones hacia las cuales moverse. Con la confianza de un niño en brazos de su madre, giro caprichosamente en otra dirección y quedo cara arriba. Arriba sólo el cielo. El cielo y yo. Extiendo los brazos y me entrego al deleite azul de la eternidad que me contempla, tan suelto, tan loco.
En los relojes del sueño, la vida pasa en un segundo. Dormir, soñar, viajar, morir y renacer... en un segundo! ("sumido en la pequeña muerte del que sueña.." escribió Herib, alguna vez).
Ritual de sueño. Escapar de puntillas de los anclajes de mi cuerpo y mi memoria. Congelar por un segundo los relojes de mi historia. Mirar el mundo con ojos de ave, con emoción de niño.
Arriba y a lo lejos, no hay zapping. No hay dolor. No hay mal de amores. No hay mal. Sólo el viento y su voz sibilina, modulando el mismo compás al que late mi corazón redimido, sereno y en paz. En la imprecisa eternidad de un sueño... al fin en paz.



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