miércoles, 18 de febrero de 2009

MEMORIAS DE LOS AÑOS DE PLOMO

MEMORIAS DE LOS AÑOS DE PLOMO

(Relato incluido en el libro "Qué hacías aquella noche?", compilado y editado por Alfredo Boccia Paz, publicado por la Editorial Servilibro) 

El canillita nos miró sorprendidos. Aunque era casi un niño, comprendía lo que implicaba el pedido que le acabábamos de hacer el “Conejo” Bajac y yo, grabadora y guaraníes en manos. Al rato, la seducción de la recompensa obró el milagro.

-Aecéee, aecéee..- voceó, con inicial timidez.

Enseguida, alentado por nuestras miradas y gestos, su agudo canto se impuso por sobre otros sonidos en la esquina de Oliva y Alberdi en aquella mañana de septiembre de 1988.

-ABC, abecéeee!!- insistió, entusiasmado por el resultado del pregón que lo convirtió casi al segundo en el blanco de todas las miradas.

Para estupor del mozo del Bar San Marcos, las mesas ubicadas al aire libre quedaron repentinamente vacías. En tropel sus ocupantes cruzaron la calle para engrosar el enjambre de curiosos que rodeaba al mita’i, deseosos de ver un ejemplar del matutino ABC Color, que a esas alturas llevaba largos meses clausurado, al igual que Radio Ñandutí.

Horas después, la grabación de aquel pregón soterrado, mezclada con la voz de Gloria Rubín sentenciando que “podrán matar una rosa, podrán matar dos también, pero no podrán detener la primavera”, se convertía en un provocativo anuncio institucional de Radio Cáritas, a esas alturas abiertamente enfrentada con el gobierno del Dictador Stroessner.

La devolución de gentilezas venía en combo, ya en escuetos telegramas de ANTELCO, ya en resoluciones del Ministerio del Interior: reducción de la potencia de transmisión de la emisora de diez kilowatts a uno, prohibición de transmitir más allá de la medianoche y cancerberos policiales que se plantaban en la puerta de los estudios de la emisora, cumpliendo órdenes de impedir la entrada y salida de periodistas, invitados, técnicos y personal de apoyo.

Aquel año, también la festividad de la Virgen de Caacupe fue propicia para que el gobierno hiciese saber cuánto le disgustaban los programas y mensajes de la radio católica. Entre el 7 y el 8 de diciembre varios cronistas fueron demorados. Entre ellos, una jovencísima Mabel Rehnfeldt oyó la orden del “marche preso” por primera vez. Pero aquello era apenas el preludio.

El 10 de diciembre, en medio de la tumultuosa Marcha por la Vida, la Dictadura golpeó con su arma de predilección, la Ley 209 De Defensa de la Paz Pública y Libertad de las Personas. En virtud de ella, el conductor radial y a la sazón Secretario General del Sindicato de Periodistas del Paraguay, Oscar Acosta, fue a dar con sus huesos al Penal de Tacumbú. A la usanza del Supremo Dictador Francia, Stroessner hizo cuestión de plantar en plaza pública una pica con la cabeza sangrante de un “conspirador”, para advertir a los demás. Aunque ya era demasiado tarde para advertencias.

Desde que Washington tuvo como huésped a Jimmy Carter, ya no había cheques en blanco para los excesos represivos del Dictador, ni envío de musculosos “Agregados de Agricultura”, como aquel siniestro docente de la tortura al que algunos sobrevivientes identificaban como Batrick (quizás Patrick) Contrick.

Además, la otrora temible Unión Soviética -devenida en una patética fachada de cartón piedra- se desmoronaba inexorablemente sin necesidad de que los Estados Unidos disparen una sola bala. Lejos de la épica hollywoodiana de Iwo Jima o Normandía, Occidente había vuelto a triunfar, aún cuando esta vez lo hiciera mediante el paniaguado recurso del walkover. En su ruta de caída, los soviéticos abandonaron a sus aliados en esta parte del mundo, por lo que el férreo muro anticomunista, proveído por el Club de los Dictadores, ya no tenía razón de ser.

Paralelamente, bruscos cambios en la vecindad hicieron del Cóndor un espécimen de cabotaje. Con Raúl Ricardo Alfonsín en la Argentina, sentando en el banquillo de los acusados a los represores de las Juntas Militares y con José Sarney en el Brasil, haciendo suyas las promesas del fallido Tancredo Neves, el Paraguay de Stroessner fue convirtiéndose en la isla rodeada de tierra profetizada por Augusto Roa Bastos.

Acosado por el paciente fantasma de la decrepitud, el Dictador debía soportar la humillación de presenciar en vida la apertura de su sucesión. Con sobredosis de cultura conspirativa y escasa gimnasia para el disenso, la puja entre incondicionales hizo añicos del poder granítico del que Stroessner fue alquimista. Tradicionalistas y Militantes arrastraron consigo sendas facciones de las Fuerzas Armadas. Para entonces, hacía décadas que la Iglesia Católica había tomado distancia y asumido posiciones críticas, que fueron contestadas con la expulsión de los “curas de sotana roja”, entre otras medidas.

Cosas de la lectura obsesiva y lineal de los recetarios de la Doctrina de Seguridad Nacional, cada facción de la entente Partido Colorado – Fuerzas Armadas concentró su poder de fuego apuntando puertas adentro para aniquilar al enemigo interior. Con las salvedades del caso, la crisis del partido sostén de la dictadura, igual que la fase final de la caída de la Unión Soviética, fue un proceso endógeno, en el que casi ninguna acción gravitante podría ser atribuible a la acción de la balcanizada y semiclandestina oposición política.

Al disiparse la polvareda de una alborotada convención partidaria, los halcones de nuevo cuño, Sabino Augusto Montanaro, Mario Abdo Benítez, J. Eugenio Jacquet y una falange de la “Tierna Podredumbre” habían empujado fuera del poder partidario a referentes históricos como Juan Ramón Chávez y Luis María Argaña quienes, interpretando con mayor lucidez los nuevos vientos que soplaban en el subcontinente, urdieron junto a otros conjurados la trama de la conspiración que escribió la última página del stronismo en la madrugada del 3 de Febrero de 1989.

Claro, el año había empezado con algunas señales de advertencia, como la que fuera lanzada por Argaña y su admonitorio “siempre habrá un 13 de Enero”. Trato de recordar cómo era la radio de entonces y la memoria me devuelve un ruidoso silencio: había noticias enmudecidas, tal vez demasiadas. Que por qué le cerraron Guaraní Cambios al Gral. Rodríguez; que si Stroessner casi quedó patitieso en los flamantes quirófanos del Hospital de Itauguá, aún cerrado al público; que Rodríguez y Montanaro se habían amenazado de muerte; que Gustavo no quería ser el delfín. De esos asuntos se hablaba en los cócteles de algunas embajadas, en las tertulias post festivales Mandu’arâ, en lo de Humberto, a pesar del pyrague que se apostaba enfrente para anotar las visitas, en mesas de café de inocente apariencia.. pero jamás en la radio. Situación de la que no debe inferirse ausencia de coraje o de responsabilidad periodística.

Entrevistar a un opositor no domesticado era tácitamente subversivo, aunque fuera para hablar del clima o del fútbol. No faltaba más para ser candidato a Lista Negra. Y elaborarla no calificaba como una gran tarea en la Sucursal Santaní de la CIA. Estando la mayoría de los medios de comunicación al cuidado de entenados del régimen, bastaba contrastarlos con la porción restante para que editores, propietarios y periodistas pasasen a engrosar nóminas de sospechosos y vigilados.

-Policía de la Capital, Ayudantía, buenas noches!

-Buenas noches, soy su vecino de acá a la vuelta y quisiera…

Don Samir era corpulento y bigotudo, de nariz corva y cejas intensas. Era sirio, pero ya se había resignado a que lo llamen turco. Vivía en Nuestra Señora casi Palma. Abajo la venta de telas; arriba la vivienda. La suya era una vida de lo más tranquila, salvo a finales del año ’76. Entonces, le fue imposible dormir a causa de una malsonante serenata que atronaba en plena madrugada desde algún lugar de su misma manzana. Al notar que la musiqueada venía del Dpto. de Investigaciones, llamó a la ayudantía para pedir educadamente, pero con tono firme que bajen el volumen o apaguen la música. Al principio, sus peticiones cayeron en saco roto. Tal vez hartos de sus llamadas, al tercer día su deseo fue orden.

Al callar la música, el aire se pobló de gritos desesperados, sollozos a garganta rota, violentos estallidos de golpes y latigazos que arrancaban nuevos alaridos de dolor, lamentos y voces agónicas clamando auxilio. Tras breves intervalos de balsámico silencio, todo volvía a empezar. Aquel oleaje de horror no podía ser sino una rajadura del averno, emergiendo en medio del silencio recoleto de un país obligado a meterse a la cama después de medianoche. Con el corazón a punto de salirle por la boca y con su madre, esposa e hijos también llorando aterrorizados, el turco volvió a discar el número de Investigaciones. Tan educado y firme como le era posible en aquel momento, pidió al mismo Suboficial Ayudante que tuviera la amabilidad de volver a poner la música, tan fuerte como fuera necesario. Al amparo de ensordecedoras trompetas de mariachis, Don Samir cerró con fuerza los ojos deseando que el sueño lo rescate de esa realidad de pesadilla que sucedía ahí nada más, a la vuelta de su casa.

Antes y después de los sangrientos picos represivos de la Pascua Dolorosa, la aniquilación de las Ligas Agrarias Campesinas y la eliminación prematura de la OPM, miles de paraguayos fueron detenidos, encarcelados y torturados. Comparativamente, en 1989 la dictadura de Stroessner ya era una dictablanda, pero el recurso de la tortura aún estaba vigente, igual que la intolerancia policial en cuya ley propia la “portación de barba y/o vestimenta rara” era un delito palmariamente castigado.

Mesas de bar con más de un tipo cargando bolsones artesanales devenían en conciliábulos de conspiradores. Si una patrullera policial avistaba a un joven barbudo portando libros, de seguro era invitado a conocer la Comisaría más cercana. Gruesos libros de subversivas materias tales como “Obstetricia” o “Epistemología”, eran requisados y sus portadores posaban de frente y de perfil para la ficha correspondiente. Algunos hasta tenían la suerte de ganar un vale para la peluquería policial.

No sólo la carcomida piel del dictador acusaba el paso de los años. También los ojos y oídos de leales que en sus años dorados regían medios de comunicación con puños de hierro. Fue así que, con la ingeniosa distracción de un nuevo formato de edición y tratamiento de las noticias, la perrada de Canal 13 le hizo un gol al volcánico Nicolás Bo, rompiendo la tradición de que el primer tópico de los noticieros debía ser el soporífero reporte de la actividad en Palacio de López donde, irónicamente, la inactividad era la regla. Si eventualmente algo sucedía, Jagua Hû Fernández y Benítez Rickmann echaban cerrojos al asunto. Lo usual era que el Excelentísmo Señor Presidente de la República y Comandante en Jefe de las FF.AA. de la Nación, Gral. de Ejército Don Alfredo Stroessner, atendiese los asuntos del día, rubricase los decretos a la firma y recibiese en audiencia a delegaciones varias. Todos los días lo mismo, en idéntica sucesión. Atrozmente predecible, el alemán.

Quizás por lo predecible del blanco, el diseño de la conjura no fue precisamente un dechado de virtudes estratégicas. Al fin de cuentas, como casi todos los generales de su época, Rodríguez descollaba más por sus dotes de comerciante que por sus cualidades militares. Y su adlátere Oviedo, a juzgar por su repetida figuración en las páginas deportivas de los diarios, decididamente estaba entregado de cuerpo y alma al propósito de convertirse en el Romerito del hipismo local. Con tales referentes, la ejecución del golpe por momentos compitió con pasajes del film “Bananas” de Woody Allen.

El jueves 2 de febrero de 1989, víspera del día feriado nacional por las tradicionales festividades de San Blas, patrono del Paraguay, dibujaba en nuestros rostros mediterráneos esa expresión boquiabierta, inevitable ante cualquier novedad con sello de importación. El aire estaba impregnado de una leve nota de optimismo, debido al inminente inicio del feriado largo con el que dejaríamos atrás una semana difícil.

Es que por una vez Ñandejára Taxi tenía razón: las calles eran de la policía y aquella semana el tráfico era interrumpido por nerviosos controles. Además de la revisión de documentos de identidad, el interior de cada vehículo era celosamente inspeccionado. Se murmuraba que los mastines de Montanaro y Pastor Coronel temían el ingreso de armas y guerrilleros desde la Argentina. Pero ese rebrote de paranoia policial no era excepcional, por lo que no hizo mella en el talante distendido de la gente. Aunque duela decirlo, tras décadas de dictadura el miedo era una segunda piel y habíamos aprendido a vestirla a toda hora.

Como sucedía a cada 2 de febrero, Asunción cedía a la ciudad de Itá el privilegio de ser el ombligo del país por una mágica noche. Los tradicionales clubes deportivos 12 de Octubre y Olimpia libraban una guerra de supremacías en materia de shows internacionales. Quizás como un presagio de que la batalla más ruidosa no tendría por escenario a la artesana ciudad, marquesinas no tan espléndidas anunciaban que las estrellas de aquella edición serían Manolo Galván (*), cantante español de aguardentosa y olvidable voz y el mexicano Luís Miguel, célebre más que por su precocidad artística, por la extrema audacia con la que perpetraba todo tipo de canciones, al amparo de su condición coyuntural de menor de edad e inimputable.

Pero no fueron los éxitos de Luismi los que retumbaron pasadas las nueve de la noche, hora en la que se desató un breve pero intenso tiroteo que sonaba muy cercano desde mi casa del barrio de las Carmelitas, a escasa distancia de la residencia del Gral. Andrés Rodríguez. Con oídos poco entrenados para escaramuzas reales, la sensación era la de una batalla de mil contra mil. Conjeturé que serían fuerzas policiales intentando tomar la sede del DC-1. Luego supe que fue la prosaica arremetida de un improvisado comando de soldados de caballería llevados en un camión trasganado para emboscar a Stroessner en la casa de María Estela “Ñata” Legal. La resistencia opuesta por los escoltas del Dictador rompió el cerco y lo trasladó sano y salvo al Regimiento Escolta Presidencial.

De inmediato llamé a la radio. Hablando con mis compañeros supe que Celso Velázquez, (radialista valiente, si los hubo) ya había reportado desde las inmediaciones de la Caballería, alertado por vecinos que le anticiparon que las tropas estaban acuarteladas y que el barrio había quedado a oscuras. Juan Pastoriza, periodista audaz, de fuerte instinto para la noticia, no dudó en abandonar los micrófonos de la cabina central de transmisión para lanzarse a las calles con “Benny Hill” al volante. Patrullando los alrededores de la Catedral Metropolitana una ráfaga de metralla rozó el techo del móvil para advertirles que se alejen del Cuartel Central de la Policía. Calabozo adentro, mi amigo Luis Fernando –demorado por no portar cédula, a media cuadra de su casa y en shorts- desesperaba al comprender que el azar lo había llevado al peor lugar en el peor momento.

El despliegue de tanques fue materia apta para la clásica crónica guerrera y para la anécdota tragicómica, bien del Tercer Mundo. Mientras los Urutús avanzaban velozmente hacia el centro, vetustos tanques a oruga hacían su último viaje más que rumbo a la historia, rumbo a depósitos. A uno se le soltaron los frenos en plena avenida Mariscal López. El tanquista no tuvo más remedio que subir parcialmente a la vereda y frenar con la ayuda de un poste de luz. Así inclinada, la desvencijada torreta del tanque giró lentamente apuntando el cañón hacia la Churrasquería Brasilera cuyos despavoridos comensales, mozos y cocineros se lanzaron cuerpo a tierra. Salvo el estrépito de sartenes, platos y vasos, felizmente no hubo más detonaciones que contar.

Aunque imprecisa, la noticia se esparció por toda la ciudad. Más que entender lo que pasaba, urgía localizar a familiares y amigos para advertirles del peligro y ponerlos a salvo. Pasadas las once de la noche la proclama del Gral. Rodríguez, transmitida por Radio Primero de Marzo, despejó cualquier duda: era un Golpe de Estado en pleno desarrollo. Llamé a esa emisora. En el Dpto. de Prensa, Víctor Román me dijo con el tono de más aparente calma que pudo, que la emisora había sido tomada por militares. Luego sabríamos que la toma de esas instalaciones fue cautelosamente negociada y que el paquete incluía la cesión de una de las avionetas que aguardaban en el aeródromo de Villa Hayes, para facilitar también la huida del empresario radial Alcides Riveros, en caso de que las cosas no terminaran bien.

A medida que pasaban las horas, en Radio Cáritas debían tomarse decisiones difíciles. Con prohibición de transmitir más allá de la medianoche, la emisora de la Iglesia Católica se jugaba el pescuezo, si osaba infringir la norma restrictiva y el golpe fracasaba. En el reverso de la moneda quedaría la cobardía de sus directivos, si amanecíamos con el transmisor apagado y la revolución triunfante. Cruzamos llamadas con el Director José Aranda, un sabueso de la CEP que luego terminó siendo un buen amigo. Pensamos que la emisora podría cubrirse las espaldas mandando un telegrama colacionado o entregando una nota en mesa de entrada de la ANTELCO explicando que, para informar debidamente a la ciudadanía y ser útiles al propósito de ayudar a localizar y conectar por medio de la radio a parientes y amigos, se tomó la decisión unilateral de seguir en el aire. “Motivos de fuerza mayor” (y nunca mejor dicho).

No recuerdo cual fue la decisión que se tomó en esa materia, pero la consecuencia estaba en el aire: la radio siguió transmitiendo. Una babel de voces se superponían; unas, para tranquilizar a sus parientes informando dónde estaban; otras, aún en la angustiosa búsqueda de familiares con paradero desconocido. Afuera, el sonido de obuses y morterazos cayendo sobre el Regimiento Escolta Presidencial, el Palacio de López y el Cuartel Central de la Policía daba cuenta de encarnizados combates. Nada estaba definido y se temía la entrada en acción del Comando de Artillería, una fuerza históricamente leal a Stroessner.

La pólvora debe ser un solvente poderoso, pues años de lealtad se evaporaron en medio de la noche. En vano los relojes señalaban que había llegado la hora de permanecer “hasta las últimas consecuencias” junto al excelentísimo. Pero ningún Militante Combatiente y Stronista llegó para marcar tarjeta. Tampoco el temido poder de fuego del Regimiento Escolta se hizo sentir. Al promediar la madrugada, escuchamos los comunicados de adhesión de otras unidades militares. Picado por la curiosidad, tomé la guía telefónica y empecé a llamar a los asientos de grandes cuerpos de ejército del interior del país. Fingiendo llamar desde el centro de comunicaciones instalado en Radio Primero de Marzo (Román me había dicho los nombres de los oficiales a cargo), pude trasladar a Cáritas la noticia de que las unidades de Concepción y Misiones se plegaban a la sublevación. A la tercera vez el truco fue descubierto y no pude seguir.

También me mantuvo alerta la curiosidad de saber a qué hora entraría en acción el flamante director periodístico de Radio Cáritas, recién importado de los Estados Unidos. El rechoncho opinólogo, tras meses de coordinar con nosotros su regreso en amenas charlas telefónicas, apenas pisó tierra paraguaya nos declaró N.N. a todos. Al romper las primeras luces del día se volvió a oír la voz de Rodríguez en la radio anunciando que “el General Stroessner se ha rendido”. Cerca de las siete de la mañana nuestro líder radial hacía su primera intervención vía walkie talkie, anunciando que le era imposible llegar a la emisora debido a los inconvenientes del tránsito en Calle Última. Para entonces, un solitario puñado de valientes radialistas ya había narrado toda la historia desde la línea de fuego. Otra vez drama y tragicomedia –Ridley Scott y Woody Allen- se volvían a cruzar.

(*) Bueno, a estas alturas, ya sé que la memoria (mujer al fin :-) me traicionó. Tras haber visto y oído muchas otras anécdotas me queda claro que el cantante no era Manolo Otero, sino el no menos insufrible Sergio Denis.


No hay comentarios.: