miércoles, 21 de abril de 2004

CAN'T FIX MYSELF

Cerré los ojos y me fui. Saqué a volar mi melancolía mecido en el vaivén de un sueño blando.

Al pasar cielo arriba, sentí la brisa que habita en la copa de los árboles que guardan la memoria de cuando mi ciudad era un bosque. Un eucaliptus decidido a morir de pie miraba al sur susurrando su nostalgia. Acaso otra vez el invierno no venga, y sus semillas mueran a sus pies sin que ningún viento viajero o ningún pájaro de urgente aleteo migratorio cumpla la ultima voluntad escrita en su descascarada piel, aterida de olvidos.

Tiempo sin relojes, lejana indiferencia sideral, omisión estacional, lamento vegetal. A pesar de todo, resignación y ausencia de malicia.

Vi los rectángulos perfectos de las manzanas urbanas. Lejanas, cada vez más. Y los techos me gritaban en la voz del viento -hey!! tambien estamos hechos de la materia de la que están hechos los sueños!- ...y adiviné sueños de ternura. Voluntades de piedra y madera. Mármoles de eternidad. Sueños simples y rústicos como un ladrillo. Y ampulosidades de nouveaux riches que golpean la vista, aún desde allá arriba.

Los autos.. ah! los autos. Todo es más deliciosamente lento acá arriba. La velocidad no cuenta cuando tu cuerpo habita el territorio de la contemplación. Insectos nerviosos y torpes, los autos sólo saben avanzar, como si no existieran otras direcciones hacia las cuales moverse. Con la confianza de un niño en brazos de su madre, giro caprichosamente en otra dirección y quedo cara arriba. Arriba sólo el cielo. El cielo y yo. Extiendo los brazos y me entrego al deleite azul de la eternidad que me contempla, tan suelto, tan loco.

En los relojes del sueño, la vida pasa en un segundo. Dormir, soñar, viajar, morir y renacer... en un segundo! ("sumido en la pequeña muerte del que sueña.." escribió Herib, alguna vez).

Ritual de sueño. Escapar de puntillas de los anclajes de mi cuerpo y mi memoria. Congelar por un segundo los relojes de mi historia. Mirar el mundo con ojos de ave, con emoción de niño.

Arriba y a lo lejos, no hay zapping. No hay dolor. No hay mal de amores. No hay mal. Sólo el viento y su voz sibilina, modulando el mismo compás al que late mi corazón redimido, sereno y en paz. En la imprecisa eternidad de un sueño... al fin en paz.

domingo, 18 de abril de 2004

DE CANTO Y LUCHA

Hay canciones que se van haciendo solas, en la trastienda de mi cabeza. Esta se fue haciendo sola, verso a verso. Recordándome otra vida y otro tiempo, que esta vida y este tiempo se han encargado de sepultar.

El resultado es una canción que me devuelve a los tiempos en los que guitarra y poesía eran armas en una lucha en la que, del otro lado, nos devolvían cacofonías de plomo y represión.

Mirando el atroz individualismo de este tiempo de fascinación por el placer y el tener, por esta forma de vida en la que "felicidad" es tener el último fetiche tecnológico como símbolo del éxito personal, parece más que una locura aquella "otra vida" en la que lo imprescindible era tener una ideología, un conjunto de creencias y prácticas que provenían a su vez de una Teoría de la Realidad que determinaba qué cosas debían ser cambiadas.

Hoy, mientras corren tiempos en los que nadie muere por nada -insisto- es más que una locura echar la vista atrás y comprender que en aquellos tiempos estabamos listos para morir por nuestras ideas. ¿Querés que te diga algo más "loco"? En aquel tiempo había jóvenes febreristas, liberales y colorados disidentes dispuestos a morir por sus ideales. Andá a buscar uno hoy.

Y me diste una guitarra
y me pediste una emoción
Hace tanto que no canto
una canción

Una canción (de amor)
Una canción (de paz)
Con banderas de utopías
de aquellas causas perdidas

Hace tanto que no canto
una canción

El silencio me atenaza
la garganta
La ceguera me oscurece
el corazón
Adonde se han dormido
los ideales
que fueron de la lucha
la razón

De pie contra el dolor
de la indolencia
Se yerguen los sonidos
de mi voz
Y llaman desde el fondo
de la historia
Banderas, cantos de
revolución

Y me diste una guitarra
y me pediste una emoción
Hace tanto que no canto
una canción

Una canción (de amor)
Una canción (de paz)
Con banderas de utopías
de aquellas causas perdidas

Hace tanto que no canto
una canción

jueves, 15 de abril de 2004

UN ANTIDOTO PARA TU ANESTESIA

Cuándo perdiste la noción de lo que está bien y de lo que está mal?

En qué momento la sangre de la guerra en Irak y la sangre de utilería del trailer de la película empezaron a ser para vos exactamente lo mismo?

Fijos, absortos, muy abiertos, tus ojos no le dedicaron ni un guiño (sabés? a veces te imagino como a Syd Barrett, hundido en el sillón, con la mirada perdida en el destello de la tele, sin importar la imagen que se ve).

Quién te inoculó la anestesia que paraliza tu humanidad?

Qué macabra droga congeló los músculos de tu ternura, tu solidaridad, tu bronca, tus ideales?

Carajo... quién fue? Decíme que voy y lo mato.. o muero en el intento!!!

En la página 17, un padre que violó a sus hijas merece menos pena que un ladrón de vacas.

Zas. Vuelta de hoja y en la 18 una compañía de teléfonos móviles te promete la felicidad instantánea por casi nada.

La noticia rebota en la radio. Y es como si rebotara en la nada, tocando los bordes del infinito para perderse en el mas doloroso de los olvidos, que es el de la indiferencia.

Estoy hecho pelota. Te lo confieso.

Porque me quedo pensando.. ¿qué le espera a un país que no emite señales de alarma o de rechazo hacia un crimen aberrante cometido contra niñas indefensas a manos de quien debiera darles amor, educación, ejemplo, guía y contención?

No! Me rectifico.. sí hemos emitido una señal potente y vigorosa! Nuestras pupilas congeladas, nuestra sagrada prisa por llegar a ningún lugar, nuestra maldita indolencia le dijo a cientos de abusadores sexuales... sigan adelante, aún no llegamos al fondo del fondo!!

Me voy. Una pesada sensación de estar hablando solo planea sobre mi.

Quiero irme a casa. Mientras escribo "quiero irme a casa" advierto que el flash en mi cabeza no dibujó la puerta o el sofá o mi cama: quiero volver al útero, hacerme un ovillo y quedar suspendido en una nada oscura y cálida.

No ser, no saber, no entender.

Eso quiero.

Chau.