domingo, 26 de agosto de 2007

CEFALEA COLECTIVA

Una cuestión de extrema sensibilidad para la gente es la del transporte público. Todo el asunto transpira malhumor colectivo. El precio del boleto, el estado de los “micros”, el maltrato de los choferes a los pasajeros, incluso la extendida convicción de que algunos trabajadores del volante son cómplices de esos delincuentes que a diario convierten el simple acto de viajar en autobús en una experiencia extrema.

La ley 1590 es la herramienta a través de la cual el Estado dio inicio a su función reguladora desde un abordaje descentralizado. Dominado por tics de antagonismo más fuertes que cualquier atisbo de racionalidad, el poder republicano jamás se vio a sí mismo como un sistema complementario. Consecuentemente, con las instituciones creadas por la ley sucedió “más de lo mismo”. El Poder Legislativo las creó, el Poder Ejecutivo las excluyó del presupuesto. Mal parto, otra vez.

La SETAMA, encargada del transporte de Asunción y su área metropolitana vivió en terapia intensiva pediátrica por años. Su hermana, la DINATRAN, encargada de regular el transporte colectivo de media y larga distancia, pudo quedar bajo la sombra del MOPC que le dio casa y comida pero imponiendo onerosas canonjías, como no transferirle hasta hoy un órgano clave para su funcionamiento, la Policía Caminera. Bueno, no era cosa de ponerse muy rigurosos con el cumplimiento de la ley. Eran los tiempos de Lucho González Macchi, entienda Usted.

Este poco alentador escenario inicial, sin embargo, mezcló dos ingredientes cuyo poder explosivo rivalizaba con la dinamita de Alfred Nobel. Instituciones demasiado débiles nacidas con un mandato demasiado amenazante: interferir en los negocios y acomodos de los temibles gremios de empresarios y sindicalistas del transporte público, para meterlos en el corsé de costosas e imperativas transformaciones que debían ser agrado de tan raquíticos mandatarios.

Como el pasto debajo del árbol de mango, la DINATRÁN se secó a la sombra del MOPC, entidad de sostenido dominio colorado. Fue como si el antiguo Viceministerio de Transporte simplemente hubiese cambiado de nombre. Y casi sin transiciones, aspavientos ni forcejeos, la novel entidad reguladora se sumió en una hibernación que le rinde a los empresarios del ramo un largo y conveniente invierno de sigilosos arreglos, a la antigua usanza. Aquí no ha pasado nada, correligionario.

En cuanto a la SETAMA, debido a que su carta orgánica concede la silla más importante al Gobernador del Departamento Central, estando esta institución bajo sostenido dominio opositor, la historia supo ser distinta, pero no más venturosa.

Cuando al fin hubo recursos presupuestarios, el inicio de los procesos de transformación parió virulentas contrapartidas. Cada licitación de itinerarios tuvo su correlato de huelgas, marchas, crucifixiones y múltiples acciones judiciales que en algún caso apuntaban no apenas a empantanar las licitaciones, sino a aniquilar al propio ente de regulación. Expeditivos hasta el asombro, desde Ministros de la Corte hasta jueces del fuero de la niñez y la adolescencia proveyeron medidas cautelares dignas del Reino del Revés. Así, vieron la luz amparos para que empresas proscriptas pudiesen seguir explotando itinerarios con sus destartalados buses, para estupor y desencanto de los nuevos adjudicatarios cuyos flamantes y costosos vehículos eran apedreados e incluso incendiados a plena luz del día y con pasajeros a bordo.

La escandalosa notoriedad de los hechos no hizo mella en la vocación marketera del Gobierno, que siguió desparramando adjetivos para promover la radicación de inversiones en este paraíso terrenal. Mientras, colgado del pasamanos, Adán Autobús siente que este descalabro de proporciones bíblicas ya le costó mucho más que una costilla.

MATRIUSKAS

Como muñecas rusas. Todos contenidos unos en otros. Todos iguales en sus atavíos y en sus sibilinas maneras. Todos convenientemente ubicados en un espacio donde la bondad y la comprensión se parecen demasiado a la cobardía. Huecos como matriuskas extraídas de la vidriera de algún bazar moscovita, los referentes del alto clero paraguayo hoy son un trofeo más en la galería de caza del gran predador empotrado en el sillón presidencial.

Habitantes de un imperturbable mundo paralelo en el que las agujas del reloj transitan los días sin prisa alguna, los obispos se tomaron su tiempo para que al fin vea la luz un documento que resulta ser digno hijo de sus padres. La carta de la CEP está llena de vacío.

Redundante en versículos y citas a encíclicas, el pálido pronunciamiento revela una peligrosa ausencia de ideas propias. Es como si el sacro temor a la rígida verticalidad de la Iglesia en los tiempos del Papa alemán les hubiese arrancado la más universal de las banderas del Jesús histórico y del Cristo bíblico: la libertad.

Esta cúpula eclesial anestesiada, sin reflejos, no consigue formular mejor respuesta que -precisamente- no responder a los ataques de otro gobierno colorado que en tiempos de democracia replica y amplía con perversa eficacia la misma inequidad, intolerancia y rapacidad que la Iglesia Católica Paraguaya denunció y combatió durante los años de plomo de la dictadura stronista.

Si bien es cierto que los dogmas de la fe vaticana y la naturaleza transgresora de la ciencia nunca se han llevado de la mano, permítanme la humana contradicción de pedir a Dios que los científicos concluyan cuanto antes la investigación del genoma humano, para que así podamos clonar el coraje de obispos como Ismael Rolón y Aníbal Maricevich, sacerdotes paraguayos que entendieron que Jesucristo no fue neutral. Optó por los pobres. Que no fue tibio ni contemplativo. Sacó a los mercaderes del templo a latigazos. Que, cuando creyó oportuno, no fue diplomático ni elíptico. Dijo sus verdades -irritantes para el poder político de su tiempo- y pagó un precio de sangre y martirio por sostenerlas hasta el final.